Acaso sólo sea posible escuchar nuestra propia escucha re-escribiendo la obra en cuestión

¿Quién tiene derecho a la música? ¿Quién puede oírla como si fuera suya, quién puede apropiársela? ¿Quién tiene derecho a hacérsela suya?

Son preguntas que todo oyente se plantea, lo sepa o no, lo quiera o no. Estas cuestiones me las planteo desde el momento en que quiero que oigas esto: estos compases de Don Giovanni, esta respiración de Glenn Gould, este murmullo en una improvisación de Keith Jarret, este acento o este silencio en la música de Bill Evans, este martilleo de La consagración de la primavera, que sé yo… En resumen, un ‘fragmento hermoso’, un momento favorito de mi musicoteca. Simplemente para que oigas estos momentos tal como yo los oigo, comienzo a describírtelos —a duras penas— con palabras. E inmediatamente comienzo a perderlos. Cuando escuchamos los dos; y cuando oigo, como por telepatía, que lo que tú escuchas está tan lejos de lo que me habría gustado que oyeras, me digo: después de todo, este momento tal vez no era el mío. Puesto que lo que yo quería oírte escuchar —sí, ¡oírte escuchar!—, era mi escucha. Un deseo tal vez imposible… la imposibilidad misma.

(…) ¿Acaso sólo es posible hacer escuchar la escucha de uno reescribiendo, emborronando radicalmente la obra en cuestión?”


Peter Szendy, ¡Escucha!