bordarretazos

“La literatura es una experiencia con esa incertidumbre que nosotros en la realidad tenemos que dejar de lado… la literatura hace posible esto porque trabaja con el lenguaje”, Ricardo Piglia

“Borges puso el estándar que había que poner (…) ¿En qué consistía? Consistía en una cosa que podríamos reducir a una frase sencilla, que ya la había inventado antes Macedonio Fernández, el problema no es cómo está la realidad en la ficción, que es lo que en general se busca, como una novela representa a una época, etc. Más que tratar de ver cómo está la realidad en la ficción el problema es ver cómo está la ficción en la realidad, esa es la vuelta que dio Borges… cómo actúa la ficción en la realidad, dónde buscamos la ficción en la realidad… porque si ustedes me permiten una traducción eso es lo que Gramsci llamaba hegemonía… Valery tiene una frase lindísima para describir esto: “no se puede gobernar con la pura cohersión, hacen falta fuerzas ficticias”. Es decir, hay que crear un consenso, por lo tanto hay que construir utopías, ficciones, ilusiones, cuestiones. Macedonio y Borges empezaron a hacer eso, empezaron a buscar eso, empezaron a percibir cómo eso funciona. Y Borges trabajo muy bien con lo que él llama ficción. Es decir, constituyó ese espacio. Y la ficción no es ni verdadera ni falsa, no se puede verificar (…) La ficción no pertenece al campo de la verificación, por lo tanto no es verdadera ni falsa, y trabaja con eso. Borges, mantiene clara la distinción, no es que todo sea ficción, él mantiene clara la distinción. Lo que hace ver es la vacilación, la dificultad de moverse ahí. Porque nosotros en la realidad no podemos actuar así. Nosotros en la realidad tenemos que partir de lo que sabemos y decir esto es la verdad. No voy a andar ahora pensando si esto… De modo que la literatura es una experiencia con esa incertidumbre que nosotros en la realidad tenemos que dejar de lado, si no, no se podría vivir (…) La literatura nos hace hacer esa experiencia más que ningún otro lugar porque es una experiencia con el lenguaje”

Piglia dando clases aquí: https://www.youtube.com/watch?v=im_kMvZQlv8&t=487s

La redención está en las muelas

“Hemos de aprender a soportar aquello que no podemos evitar”. Cuando la punzada me despertó de nuevo, comencé a repetir esta frase de Montaigne. Me había ido a la cama con una simple molestia en el segundo molar inferior derecho, según lo nombró el dentista tiempo después. Eran las 2:30 am. La posibilidad de recibir auxilio a esas horas parecía nula. Nadie que yo sepa va al hospital por un dolor de muelas. La verdad es que repetía la frase de Montaigne cada que se apaciguaba el tormento. A la cuarta o quinta vez que la decía me quedaba dormido. Pasados unos veinte minutos, volvía la punzada en el diente. La marea subía poco a poco. Se expandía por el cuerpo. Cubría el islote de mis pensamientos. Me hacía gemir y llevar mi cachete al frío del suelo. Cuando comenzó el suplicio a retirarse, ahí abajo, fue que decidí levantarme y caminar hacia la pared. El oleaje regresó. Le di un golpe al muro y proseguí así. Inspirado por Ctesifonte, quien solía pelear a patadas con su mula, decidí boxear con el dolor a puño limpio.

Por varios años evité lo más posible ir al dentista. Mucho antes de que comenzara el calvario, sin embargo, visité no a uno sino a dos de ellos. Un buen día un sueño agitado llevo a mis quijadas a tronar la parte superior de una de mis muelas. Fui a arreglar el desperfecto, al que se le sumaba, según el primero, alguna caries. Hacía un rato que las muelas del juicio se asomaban. El doctor quería extraerlas. Platicamos de dinero. Preferí evitar la mala salud de mi cartera. Entonces hizo un trabajo de superficie. Pronto mis quijadas volvieron a tener pesadillas y tronaron la resina. Regresé al dentista. Pero volvieron las pesadillas y volvió el mismo desperfecto. Entonces visité a un segundo doctor. Diagnosticó un problema de mordida. Comparó el conflicto de fuerzas en mis quijadas, provocado por la presión de las muelas del juicio, con lo que sucede en el metro de la Ciudad de México a horas pico. Ese empuje de los últimos que suben al vagón y que compactan los cuerpos que encuentran dentro, cuando están por cerrarse las puertas. Me sentenció después a usar frenos dentales. A cambio de que él y su esposa, quien haría la ortodoncia, apaciguaran el combate que acontecía en mi boca, ambos sangrarían mi bolsillo y vivirían felices. Decidí no apadrinar su amor y postergué mi regreso hasta que, finalmente, un recordatorio a modo de punzada se hizo presente en mi encía.

En conflicto con la pared descubrí que mi dolor no era paralizante, al contrario, me daba unas fuerzas ciegas. Eran pasadas las 3 am. La intensidad había aumentado. Ya no podía dormir. Busqué remedios en internet, me tomé dos pastillas de Tylenol. Temí sumarle a mis malestares dentísticos una lesión en la mano, por lo que comencé a caminar por el departamento cuando crecía la marea. El único lapso en el que podía pensar era cuando el dolor se retiraba. Entonces, por unos minutos, me convertía en el mismo de siempre. En uno de esos lapsos, recordé un libro que me recomendó una amiga y que narra un dolor de muelas. Comencé a leer El día que Beaumont conoció a su dolor, de J. M. Le Clezio. La manera en que la punzada llegó a mis ojos en la segunda oración, me hizo ver no sólo que el paracetamol no había surtido efecto, sino que con el paso de los años me había convertido en un pedante. Pero cuando decreció la fuerza de este nuevo embate, me di bastante risa. En la continuidad de esas avanzadas siempre había un periodo de descanso. Eso me tranquilizó un poco. Ahí fue donde encontré el socorro de mis pensamientos.

No había pasado media hora más cuando concluí que ese dolor de muelas era una oportunidad. El maestro divorciado, el escritor improductivo y el filósofo promiscuo tenían aquí mucho que resolver. Pasados treinta y siete años era necesario hacer una limpieza de las máscaras que había esculpido con el tiempo. Di la bien bienvenida a esta invitación a purificarme. El padecimiento que haría el trabajo era afamado entre las personas comunes, no distinguía entre clases, prácticas sexuales o méritos académicos. No se me ofrecía un procedimiento de superación personal, modificación del carácter o identificación de un trauma. Faltaban tres horas para el amanecer y lo que se me prometía era un calvario en bruto, acompañado de periodos para teorizar, pedir perdón y buscar algún remedio.

“I’m coming hoooooome… to Swaaaall… Driiiiive…”

Escribir es muchas veces volver a un viejo bloque de sensaciones cristalizado en un artefacto cultural. La introducción de Kim Gordon a su libro “Girl in a Band” me lleva a los días en que P. y yo terminamos. “Whoooooaw, I’m coming hoooooome to Smaaaall Driiiive”, grita Kim Gordon en la canción “Sweet Shine”. Volver a casa quizá sólo es volver a un lugar de la memoria. Un bloque de sensaciones cuya huella está entre el cuerpo y distintos artefactos que poseen una temporalidad propia como los textos y las canciones.

(Para escribir estas líneas tuve que contener los embates de mi gato que insistía en subirse a mis piernas. Para cuando incluí este nuevo comentario una vieja pregunta volvió: ¿quién recuerda en estas líneas que escribo? ¿este recuerdo al estar atravesado por un artefacto cultural es sólo mío o es también de muchos más? Ahí una vieja charla con la hipótesis de una memoria implantada en Blade Runner ahora en diálogo con lo que escribe Deleuze/Guattari/Lapoujade (no me acuerdo cuál de los tres): “implantar una memoria semejante supone rechazar el sin fondo intensivo del deseo y su sistema de distribución anárquico”).

“Las piedras en mi riñón” por Michel de Montaigne (fragmento del ensayo “La experiencia”)

(traducción de Juan Pablo Anaya elaborada a partir de la elección y el sampleo de distintos fragmentos de las traducciones de J. Bayod Brau y Almudena Montojo. Descargable: https://ensayaren.files.wordpress.com/2021/04/las_piedras_en_mi_rinon.pdf)

Hemos de aprender a sobrellevar lo que no puede evitarse. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de elementos contrarios, también de tonos distintos, suaves y duros, agudos y bajos, blandos y graves. ¿Qué pretensión tendría el músico que sólo amara algunos de ellos? Ha de saber servirse de todos y mezclarlos. Lo mismo nosotros, con los bienes y los males, que son consustanciales a nuestra vida. Nuestro ser no puede subsistir sin esta mezcla, y un lado es tan necesario como el otro. Intentar forcejear contra la necesidad natural es imitar la locura de Ctesifonte, que se puso de espaldas para intentar luchar con su mula a patadas.

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“Ensayos” de Montaige, en la edición de Jordi Bayou, descargable

https://www.epublibre.org/libro/detalle/10194

“En 1580, Michel de Montaigne dio a la imprenta la primera edición de sus dos libros de Los ensayos. El éxito fue tan arrollador que, dos años más tarde, apareció una nueva edición, aumentada con un tercer libro y con notables adiciones y correcciones en los dos primeros. Se completaba así la redacción de uno de los libros que mayor prestigio e influencia han tenido en el pensamiento occidental. Sin embargo, el gentilhombre perigordino siguió trabajando en el texto de sus ensayos hasta su muerte, acaecida en 1592. Tres años más tarde, Marie de Gournay, «fille d’alliance» de Montaigne, presentaba una edición de Los ensayos siguiendo las instrucciones que le diera su autor, edición que durante siglos ha sido considerada canónica, hasta que Strowski preparó la suya entre 1906 y 1933. Hoy, el de Marie de Gournay es visto de nuevo, con justicia, como el texto de referencia…

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“Los diarios del cáncer” de Audre Lorde, selección de fragmentos de la “Introducción”

“Introducción

No quiero que mi ira y dolor y miedo sobre el cáncer se fosilicen en otro silencio más, ni me roben la fortaleza que puede haber en el centro de esta experiencia, abiertamente reconocida y examinada. Para otras mujeres de cualquier edad, color e identidad sexual que reconocen que el silencio impuesto sobre cualquier área de nuestras vidas es una herramienta para la separación y la falta de poder, y para mí misma, he tratado de expresar algunos de mis sentimientos y pensamientos sobre el engaño de las prótesis, el dolor de la amputación, la función del cáncer en una economía de lucro, mi confrontación con la mortalidad, la fuerza del amor de las mujeres, y el poder y las recompensas de una vida consciente.

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San Felipe es Punk

New Life

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Sobre la toma de los medios de producción:

“Enmarcando el fin de la especie: imágenes sin cuerpos”

Según Claire Colebrook, ante la catástrofe climática, la posibilidad misma de la extinción del ser humano puede hacer surgir en nosotros un “ojo geológico” distinto al “ojo humano” de la modernidad y al “ojo posthumano” propiciado por el internet. Esto se explica en el texto “Enmarcando el fin de la especie” que tradujimos de manera colectiva les miembres del Seminario “Catástrofe climática, neoliberalismo y producción cultural”, dentro del SPF, en el “Centro de la imagen”. Aquí les comparto la traducción, pueden leerla en línea o descargala de la página: https://diecisiete.org/escrituras/enmarcando/ Gracias a “17, Instituto de estudios críticos” por apoyarnos para publicar el texto y gracias a Salomé Esper por su trabajo de edición.

“Enmarcando el fin de la especie” es parte del libro “Death of the Posthuman” publicado por Open Humanities Press. En la traducción colaboramos María Fernanda Acosta, Lucía Aiello, Daniel Alberto Al-meida, Francisco Javier Anaya, Hugo Arellanes, Gastón Bailo, Valeria Barclay, Melina Cisneros, Nayeli Cruz, Eréndira Gómez, Juan Rodrigo Jardón, Anna Ko-rotkova, Zaira Marai, Pablo Benjamín Nieto, Hanna Quevedo, Mayra Roffe, Gabriela Elena Suárez, Benjamín William y Claudia Paulina Zamora y el que escribe estas líneas. La revisión del conjunto de la traducción fue hecha por quien escribe estas líneas. La traducción se realizó dentro del Seminario de producción fotográfica coordinado por Nirvana Paz y Óscar Farfán.

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