bordarretazos

Es sabido que Nietzsche no tuvo tiempo de escribir el tercer momento que tenía planeado para Zaratustra, donde el héroe, después de confrontarse con una acción demasiado grande para él y haber conseguido tornarse capaz, finalmente afirma el eterno retorno

“Es evidente que el Zaratustra de Nietzsche es un drama es decir un teatro. El antes ocupa la mayor parte del libro en la modalidad del defecto o del pasado: esa acción es demasiado grande para mí (véase la idea del «pálido criminal» o toda la historia cómica de la muerte de Dios; o todo el miedo de Zaratustra ante la revelación del eterno retorno: «Tus frutos están maduros, pero tú, tú no estás maduro para tus frutos»). Luego viene el momento de la cesura o de la metamorfosis, «el Signo», donde Zaratustra se torna capaz. Falta el tercer momento, el de la revelación y la afirmación del eterno retorno, que implica la muerte de Zaratustra. Es sabido que Nietzsche no tuvo tiempo de escribir esa parte, que él había proyectado. Por eso hemos podido considerar permanentemente que la doctrina nietzscheana del eterno retorno no estaba dicha, sino que estaba reservada para una obra futura: Nietzche expuso tan sólo la condición pasada y la metamorfosis presente, pero no lo incondicionado que debía resultar’ de ellas como «porvenir»”

La muerte del Padre y la muerte de Dios, según Nietzsche, es un acontecimiento cómico: “tan sólo se ha dado muerte a un muerto, muerto desde siempre” (y escrito con mayúscula)

“Inagotable y siempre actual, el necedario (catálogo de necedades) de Edipo. Se nos dice que los padres murieron «a lo largo de millares de años» (¡vaya… vaya…!) y que la «interiorización» correspondiente de la imagen paterna se produjo durante el paleolítico y hasta los comienzos del neolítico, «hace alrededor de 8.000 años» (Mendel, Gerard, La Révolte contre le père, Payot, 1968, pág. 422 (tr. cast. Ed. Península)). Se hace historia o no se hace. Pero verdaderamente, en cuanto a la muerte del padre, la noticia no corre de prisa. Nos equivocaríamos si embarcásemos a Nietzsche en esa historia. Pues Nietzsche no es el que rumia la muerte del padre y pasa todo su paleolítico interiorizándolo. Por el contrario, Nietzsche está profundamente cansado de todas estas historias construidas alrededor de la muerte del padre, de la muerte de Dios, y quiere poner fin a los discursos interminables sobre este tema, discurso ya de moda en su tiempo hegeliano. Pero se equivocó; los discursos, por desgracia, han continuado. Nietzsche quería que se pasase por fin a las cosas serias. Da doce o trece versiones de la muerte de Dios para hacer buen peso y que ya no se hable más, para convertirlo en un acontecimiento cómico. Explica que este acontecimiento no posee estrictamente ninguna importancia, que verdaderamente no interesa más que al último papa: Dios, muerto o no, el padre, muerto o no, todo viene a ser lo mismo, puesto que la misma represión general y la misma represión prosiguen, aquí en nombre de Dios o de un padre vivo, allí en nombre del hombre o del padre muerto interiorizado. Nietzsche dice que lo importante no es la noticia de que Dios está muerto, sino el tiempo que tarda en dar sus frutos. Aquí el psicoanalista levanta la oreja, cree recobrar su terreno: es harto conocido que el inconsciente tarda en digerir una noticia, incluso se pueden citar algunos textos de Freud sobre el inconsciente que ignora el tiempo y conserva sus objetos como una tumba egipcia. Sólo que Nietzsche no quiere decir exactamente esto: no quiere decir que la muerte de Dios tarde en llegar al inconsciente. Quiere decir que lo que tarda tanto tiempo en llegar a la conciencia es la noticia de que la muerte de Dios no tiene ninguna importancia para el inconsciente. Los frutos de la noticia no son la consecuencia de la muerte de Dios, sino la noticia de que la muerte de Dios no tiene ninguna consecuencia. En otras palabras: que Dios, que el padre, nunca han existido (o si acaso hace mucho tiempo, quizás en el paleolítico…). Tan sólo se ha dado muerte a un muerto, muerto desde siempre. Los frutos de la noticia de la muerte de Dios suprimen tanto la flor de la muerte como el retoño de la vida. Pues, vivo o muerto, tan sólo es una cuestión de creencia, no salimos del elemento de la creencia. El anuncio del padre muerto constituye una última creencia, «la creencia en la virtud de la increencia» de la que Nietzsche dijo: «Esta violencia manifiesta siempre la necesidad de una creencia, de un sostén, de una estructura…» Edipo-estructura.

Engels alababa la genialidad de Bachofen por haber reconocido en el mito las figuras del derecho materno y del derecho paterno, sus luchas y sus relaciones. Pero desliza un reproche que lo cambia todo: se diría que Ba-chofen cree en ellos, que cree en las Erinias, en Apolo y Atenea (Engels, L’Origine de la famille, Ed. Sociales, pág. 19, prefacio (tr. Cast. Ed. Fundamentos, 1981)) . El mismo reproche y aún más podemos dirigir contra los psicoanalistas: se diría que creen en el mito, en Edipo, en la castración. Responden: la cuestión no radica en saber si nosotros creemos en ello, sino en saber si el propio inconsciente cree. Pero, ¿qué es este inconsciente reducido al estado de creencia? ¿Quién le inyecta la creencia? El psicoanálisis sólo puede convertirse en una disciplina rigurosa si pone entre paréntesis a la creencia, es decir, si realiza una reducción materialista de Edipo como forma ideológica. No se trata de decir que Edipo es una falsa creencia, sino que la creencia es necesariamente algo falso que desvía y ahoga la producción efectiva. Por ello los videntes son los menos creyentes. Cuando relacionamos el deseo con Edipo, nos condenamos a ignorar el carácter productor del deseo, lo condenamos a vagos sueños o imaginaciones que no son más que expresiones conscientes, lo relacionamos con existencias independientes, el padre, la madre, los genitores, que todavía no comprenden sus elementos como elementos internos del deseo.”

Deleuze y Guattari, El Anti Edipo, trad. Francisco Monge, 13a impresión, Barcelona: Paidós, 1917. pág. 113.

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