«Nacidos de los misterios de la madrugada, meditan sobre cómo puede tener el día un rostro tan puro, luminoso; entre las diez y las doce, transfiguradamente sereno; buscan entonces la filosofía de antes del medio día.»

«El caminante. Quien en alguna medida ha alcanzado la libertad de la razón no puede sentirse sobre la tierra más que como un viajero, aunque no como alguien que viaja hacia una meta final: pues no la hay. Pero sin duda quiere observar y tener los ojos abiertos para todo lo que propiamente hablando ocurre en el mundo; por eso no puede prender su corazón demasiado firmemente de nada singular; en él mismo ha de haber algo de vagabundo que halle su placer en el cambio y la transitoriedad. Por supuesto, tal hombre pasará malas noches, en las que esté cansado y encuentre cerrada la puerta de la ciudad que debía ofrecerle descanso; quizá además, como en Oriente, el desierto llegue hasta la puerta, las fieras aúllen tan pronto más lejos como más cerca, se levante un fuerte viento, los ladrones le roben sus acémilas. Entonces la noche pavorosa desciende sobre él como un segundo desierto en el desierto y su corazón se cansa de caminar.

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