La redención está en las muelas

«Hemos de aprender a soportar aquello que no podemos evitar». Cuando la punzada me despertó de nuevo, comencé a repetir esta frase de Montaigne. Me había ido a la cama con una simple molestia en el segundo molar inferior derecho, según lo nombró el dentista tiempo después. Eran las 2:30 am. La posibilidad de recibir auxilio a esas horas parecía nula. Nadie que yo sepa va al hospital por un dolor de muelas. La verdad es que repetía la frase de Montaigne cada que se apaciguaba el tormento. A la cuarta o quinta vez que la decía me quedaba dormido. Pasados unos veinte minutos, volvía la punzada en el diente. La marea subía poco a poco. Se expandía por el cuerpo. Cubría el islote de mis pensamientos. Me hacía gemir y llevar mi cachete al frío del suelo. Cuando comenzó el suplicio a retirarse, ahí abajo, fue que decidí levantarme y caminar hacia la pared. El oleaje regresó. Le di un golpe al muro y proseguí así. Inspirado por Ctesifonte, quien solía pelear a patadas con su mula, decidí boxear con el dolor a puño limpio.

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