La redención está en las muelas

por Juan Pablo Anaya

“Hemos de aprender a soportar aquello que no podemos evitar”. Cuando la punzada me despertó de nuevo, comencé a repetir esta frase de Montaigne. Me había ido a la cama con una simple molestia en el segundo molar inferior derecho, según lo nombró el dentista tiempo después. Eran las 2:30 am. La posibilidad de recibir auxilio a esas horas parecía nula. Nadie que yo sepa va al hospital por un dolor de muelas. La verdad es que repetía la frase de Montaigne cada que se apaciguaba el tormento. A la cuarta o quinta vez que la decía me quedaba dormido. Pasados unos veinte minutos, volvía la punzada en el diente. La marea subía poco a poco. Se expandía por el cuerpo. Cubría el islote de mis pensamientos. Me hacía gemir y llevar mi cachete al frío del suelo. Cuando comenzó el suplicio a retirarse, ahí abajo, fue que decidí levantarme y caminar hacia la pared. El oleaje regresó. Le di un golpe al muro y proseguí así. Inspirado por Ctesifonte, quien solía pelear a patadas con su mula, decidí boxear con el dolor a puño limpio.

Por varios años evité lo más posible ir al dentista. Mucho antes de que comenzara el calvario, sin embargo, visité no a uno sino a dos de ellos. Un buen día un sueño agitado llevo a mis quijadas a tronar la parte superior de una de mis muelas. Fui a arreglar el desperfecto, al que se le sumaba, según el primero, alguna caries. Hacía un rato que las muelas del juicio se asomaban. El doctor quería extraerlas. Platicamos de dinero. Preferí evitar la mala salud de mi cartera. Entonces hizo un trabajo de superficie. Pronto mis quijadas volvieron a tener pesadillas y tronaron la resina. Regresé al dentista. Pero volvieron las pesadillas y volvió el mismo desperfecto. Entonces visité a un segundo doctor. Diagnosticó un problema de mordida. Comparó el conflicto de fuerzas en mis quijadas, provocado por la presión de las muelas del juicio, con lo que sucede en el metro de la Ciudad de México a horas pico. Ese empuje de los últimos que suben al vagón y que compactan los cuerpos que encuentran dentro, cuando están por cerrarse las puertas. Me sentenció después a usar frenos dentales. A cambio de que él y su esposa, quien haría la ortodoncia, apaciguaran el combate que acontecía en mi boca, ambos sangrarían mi bolsillo y vivirían felices. Decidí no apadrinar su amor y postergué mi regreso hasta que, finalmente, un recordatorio a modo de punzada se hizo presente en mi encía.

En conflicto con la pared descubrí que mi dolor no era paralizante, al contrario, me daba unas fuerzas ciegas. Eran pasadas las 3 am. La intensidad había aumentado. Ya no podía dormir. Busqué remedios en internet, me tomé dos pastillas de Tylenol. Temí sumarle a mis malestares dentísticos una lesión en la mano, por lo que comencé a caminar por el departamento cuando crecía la marea. El único lapso en el que podía pensar era cuando el dolor se retiraba. Entonces, por unos minutos, me convertía en el mismo de siempre. En uno de esos lapsos, recordé un libro que me recomendó una amiga y que narra un dolor de muelas. Comencé a leer El día que Beaumont conoció a su dolor, de J. M. Le Clezio. La manera en que la punzada llegó a mis ojos en la segunda oración, me hizo ver no sólo que el paracetamol no había surtido efecto, sino que con el paso de los años me había convertido en un pedante. Pero cuando decreció la fuerza de este nuevo embate, me di bastante risa. En la continuidad de esas avanzadas siempre había un periodo de descanso. Eso me tranquilizó un poco. Ahí fue donde encontré el socorro de mis pensamientos.

No había pasado media hora más cuando concluí que ese dolor de muelas era una oportunidad. El maestro divorciado, el escritor improductivo y el filósofo promiscuo tenían aquí mucho que resolver. Pasados treinta y siete años era necesario hacer una limpieza de las máscaras que había esculpido con el tiempo. Di la bien bienvenida a esta invitación a purificarme. El padecimiento que haría el trabajo era afamado entre las personas comunes, no distinguía entre clases, prácticas sexuales o méritos académicos. No se me ofrecía un procedimiento de superación personal, modificación del carácter o identificación de un trauma. Faltaban tres horas para el amanecer y lo que se me prometía era un calvario en bruto, acompañado de periodos para teorizar, pedir perdón y buscar algún remedio.