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A la ‘Cantata Laxatón’ que me permitió terminar con el estreñimiento

Para estimular el trabajo de mi intestino filosófico, favorecer la digestión conceptual y lograr concluir mi investigación, titulada “Gilles Deleuze o el humor como crítica inmanente” escuché durante varios meses, de manera metódica, la “Cantata Laxatón” Les Luthiers: https://www.youtube.com/watch?v=5ffZfQwJT_w El remedio resultó eficaz, hace ya poco más de un año, en septiembre del 2020, finalmente concluí el texto.

Si algún día logro publicarla la dedicatoria sin duda dirá: “A la “Cantata Laxatón” de Les Luthiers que me permitió terminar con el estreñimiento”: http://132.248.9.195/ptd2021/marzo/0810202/Index.html

Escribir con imágenes y Certificado en estudios visuales

Estaré dando un taller de escritura con imágenes, a lo largo, y como parte del Certificado en estudios visuales de 17. Independientemente de mi taller, el programa se ve interesantísimo. La cosa comienza el 4 de octubre. Quedan muy invitados.

Mil mesetas de humor geológico

Hace varios años inicié una investigación sobre la función que tenía el humor en la filosofía de Gilles Deleuze. En el texto que comparto está destilada una síntesis de los hallazgos a los que he llegado. Elaborar el retrato de un Deleuze humorista ha sido tanto como hacerme de mi propio Deleuze. En última instancia creo que esa es una de las invitaciones que están en la filosofía. Como decía Nietzsche, no se le rinde homenaje a un maestro siguiendo sus pasos, de lo que se trata es de tomar sus ideas para abrir nuestro propio camino.

https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/mil-mesetas-de-humor-geologico/

Ensayo: reproductibilidad digital, bibliotecas sombra y filosofía pirata… the more you live, the more you burn

“Escribí un texto sobre filosofía pirata y bibliotecas sombra (shadow libraries) en internet, lo encuentran dando click en el siguiente vínculo:

Es el último del libro, cuya coordinadora fue Gabriela Méndez y quien escribió una Presentación que sitúa esta publicación en el contexto de las disputas por la cultura libre al interior de la universidad. Además, en él se encuentran los ensayos de Sandra Hernández y Sandra Loyola, quienes, desde perspectivas particulares, abordan, como señala Méndez, cuestiones sobre la dimensión editorial y la circulación del pensamiento teórico ya sea en la obra de Giorgio Agamben o mediante una reflexión específica de qué significa ser editor, ambos textos muy interesantes y disfrutables de leer. Gracias a Gabriela por el trabajo de edición de mi propio texto para esta publicación.”

“En ciertas condiciones lo intensivo produce lo extensivo” o cómo de un huevo nace un pollo

“Deleuze and Guattari con tend that under certain conditions the intensive can produce the extensive. An egg provides a ready illustration this idea. Prior to hatching the chick develops out of the white of the egg, while the yolk provides nutrients. If we examine an egg white prior to this development, though, there is no indication which part of the white is to become the beak, or a wing, or a heart. The egg white contains nothing like discrete parts that knit themselves together in the process of maturation. There is nothing discrete about an egg white at aIl. It is a continuous gradient of protein intensities that under the light conditions of warmth and additional nutrients shift from the intensive to the extensive. As these shifts occur the chick growing inside the egg becomes increasingly stable, increasingly quantifiable, increasingly discrete.”

Brent Adkins, Deleuze and Guattari’s A Thousand Plateaus, pág. 16.

Dos preguntas sobre el narcisismo

Playlist peripatético

“La literatura es una experiencia con esa incertidumbre que nosotros en la realidad tenemos que dejar de lado…”, Ricardo Piglia

“Borges puso el estándar que había que poner (…) ¿En qué consistía? Consistía en una cosa que podríamos reducir a una frase sencilla, que ya la había inventado antes Macedonio Fernández, el problema no es cómo está la realidad en la ficción, que es lo que en general se busca, como una novela representa a una época, etc. Más que tratar de ver cómo está la realidad en la ficción el problema es ver cómo está la ficción en la realidad, esa es la vuelta que dio Borges… cómo actúa la ficción en la realidad, dónde buscamos la ficción en la realidad… porque si ustedes me permiten una traducción eso es lo que Gramsci llamaba hegemonía… Valery tiene una frase lindísima para describir esto: “no se puede gobernar con la pura cohersión, hacen falta fuerzas ficticias”. Es decir, hay que crear un consenso, por lo tanto hay que construir utopías, ficciones, ilusiones, cuestiones. Macedonio y Borges empezaron a hacer eso, empezaron a buscar eso, empezaron a percibir cómo eso funciona. Y Borges trabajo muy bien con lo que él llama ficción. Es decir, constituyó ese espacio. Y la ficción no es ni verdadera ni falsa, no se puede verificar (…) La ficción no pertenece al campo de la verificación, por lo tanto no es verdadera ni falsa, y trabaja con eso. Borges, mantiene clara la distinción, no es que todo sea ficción, él mantiene clara la distinción. Lo que hace ver es la vacilación, la dificultad de moverse ahí. Porque nosotros en la realidad no podemos actuar así. Nosotros en la realidad tenemos que partir de lo que sabemos y decir esto es la verdad. No voy a andar ahora pensando si esto… De modo que la literatura es una experiencia con esa incertidumbre que nosotros en la realidad tenemos que dejar de lado, si no, no se podría vivir (…) La literatura nos hace hacer esa experiencia más que ningún otro lugar porque es una experiencia con el lenguaje”

Piglia dando clases aquí: https://www.youtube.com/watch?v=im_kMvZQlv8&t=487s

La redención está en las muelas

“Hemos de aprender a soportar aquello que no podemos evitar”. Cuando la punzada me despertó de nuevo, comencé a repetir esta frase de Montaigne. Me había ido a la cama con una simple molestia en el segundo molar inferior derecho, según lo nombró el dentista tiempo después. Eran las 2:30 am. La posibilidad de recibir auxilio a esas horas parecía nula. Nadie que yo sepa va al hospital por un dolor de muelas. La verdad es que repetía la frase de Montaigne cada que se apaciguaba el tormento. A la cuarta o quinta vez que la decía me quedaba dormido. Pasados unos veinte minutos, volvía la punzada en el diente. La marea subía poco a poco. Se expandía por el cuerpo. Cubría el islote de mis pensamientos. Me hacía gemir y llevar mi cachete al frío del suelo. Cuando comenzó el suplicio a retirarse, ahí abajo, fue que decidí levantarme y caminar hacia la pared. El oleaje regresó. Le di un golpe al muro y proseguí así. Inspirado por Ctesifonte, quien solía pelear a patadas con su mula, decidí boxear con el dolor a puño limpio.

Por varios años evité lo más posible ir al dentista. Mucho antes de que comenzara el calvario, sin embargo, visité no a uno sino a dos de ellos. Un buen día un sueño agitado llevo a mis quijadas a tronar la parte superior de una de mis muelas. Fui a arreglar el desperfecto, al que se le sumaba, según el primero, alguna caries. Hacía un rato que las muelas del juicio se asomaban. El doctor quería extraerlas. Platicamos de dinero. Preferí evitar la mala salud de mi cartera. Entonces hizo un trabajo de superficie. Pronto mis quijadas volvieron a tener pesadillas y tronaron la resina. Regresé al dentista. Pero volvieron las pesadillas y volvió el mismo desperfecto. Entonces visité a un segundo doctor. Diagnosticó un problema de mordida. Comparó el conflicto de fuerzas en mis quijadas, provocado por la presión de las muelas del juicio, con lo que sucede en el metro de la Ciudad de México a horas pico. Ese empuje de los últimos que suben al vagón y que compactan los cuerpos que encuentran dentro, cuando están por cerrarse las puertas. Me sentenció después a usar frenos dentales. A cambio de que él y su esposa, quien haría la ortodoncia, apaciguaran el combate que acontecía en mi boca, ambos sangrarían mi bolsillo y vivirían felices. Decidí no apadrinar su amor y postergué mi regreso hasta que, finalmente, un recordatorio a modo de punzada se hizo presente en mi encía.

En conflicto con la pared descubrí que mi dolor no era paralizante, al contrario, me daba unas fuerzas ciegas. Eran pasadas las 3 am. La intensidad había aumentado. Ya no podía dormir. Busqué remedios en internet, me tomé dos pastillas de Tylenol. Temí sumarle a mis malestares dentísticos una lesión en la mano, por lo que comencé a caminar por el departamento cuando crecía la marea. El único lapso en el que podía pensar era cuando el dolor se retiraba. Entonces, por unos minutos, me convertía en el mismo de siempre. En uno de esos lapsos, recordé un libro que me recomendó una amiga y que narra un dolor de muelas. Comencé a leer El día que Beaumont conoció a su dolor, de J. M. Le Clezio. La manera en que la punzada llegó a mis ojos en la segunda oración, me hizo ver no sólo que el paracetamol no había surtido efecto, sino que con el paso de los años me había convertido en un pedante. Pero cuando decreció la fuerza de este nuevo embate, me di bastante risa. En la continuidad de esas avanzadas siempre había un periodo de descanso. Eso me tranquilizó un poco. Ahí fue donde encontré el socorro de mis pensamientos.

No había pasado media hora más cuando concluí que ese dolor de muelas era una oportunidad. El maestro divorciado, el escritor improductivo y el filósofo promiscuo tenían aquí mucho que resolver. Pasados treinta y siete años era necesario hacer una limpieza de las máscaras que había esculpido con el tiempo. Di la bien bienvenida a esta invitación a purificarme. El padecimiento que haría el trabajo era afamado entre las personas comunes, no distinguía entre clases, prácticas sexuales o méritos académicos. No se me ofrecía un procedimiento de superación personal, modificación del carácter o identificación de un trauma. Faltaban tres horas para el amanecer y lo que se me prometía era un calvario en bruto, acompañado de periodos para teorizar, pedir perdón y buscar algún remedio.

“I’m coming hoooooome… to Swaaaall… Driiiiive…”

Escribir es muchas veces volver a un viejo bloque de sensaciones cristalizado en un artefacto cultural. La introducción de Kim Gordon a su libro “Girl in a Band” me lleva a los días en que P. y yo terminamos. “Whoooooaw, I’m coming hoooooome to Smaaaall Driiiive”, grita Kim Gordon en la canción “Sweet Shine”. Volver a casa quizá sólo es volver a un lugar de la memoria. Un bloque de sensaciones cuya huella está entre el cuerpo y distintos artefactos que poseen una temporalidad propia como los textos y las canciones.

(Para escribir estas líneas tuve que contener los embates de mi gato que insistía en subirse a mis piernas. Para cuando incluí este nuevo comentario una vieja pregunta volvió: ¿quién recuerda en estas líneas que escribo? ¿este recuerdo al estar atravesado por un artefacto cultural es sólo mío o es también de muchos más? Ahí una vieja charla con la hipótesis de una memoria implantada en Blade Runner ahora en diálogo con lo que escribe Deleuze/Guattari/Lapoujade (no me acuerdo cuál de los tres): “implantar una memoria semejante supone rechazar el sin fondo intensivo del deseo y su sistema de distribución anárquico”).

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