Funes, el enamorado

por Juan Pablo Anaya

Por eso aun estoy
en el lugar de siempre,
en la misma cuidad,
y con la misma gente,
para que tú al volver
no encuentres nada extraño
y sea como ayer
y nunca más dejarnos.

(Juan Gabriel)

Admitamos que dispongo de una memoria infinita y que me acuerdo del día de ayer. Me acuerdo entonces de cada segundo y fracción de segundo de manera exactamente idéntica. Cuando llego al final de las veinticuatro horas del día, me acuerdo de que en ese momento me acuerdo del día de ayer, del que de nuevo me empiezo a acordar de cada segundo idéntica y exactamente, etc. Ya no hay ninguna diferencia –porque no ha habido ninguna selección: el tiempo no pasa. Nada sucede, no puede sucederme, no hay, por lo tanto, ni presente (donde se presenta siempre algo nuevo, incluido el aburrimiento de la ausencia de novedad), ni pasado: al ya no pasar el presente y al no suceder ya, ya no hay ningún pase posible en el tiempo. Ya no hay tiempo.”

(Bernard Stiegler, La técnica y el tiempo III)

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