“La semilla de cierta clase de imaginación fantástica escrita por mujeres en México” (fragmentos)

por Juan Pablo Anaya

“Aunque la historia de la población originaria y mestiza de América difiere considerablemente de la historia de la población negra en Estados Unidos, también seguimos experimentando que nuestra humanidad, nuestra capacidad para la creación y el pensamiento, sea puesta en duda. Preguntémosle si no a Alejandro Fabián, ese fascinante poblano que, junto con sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora, fue uno de los fans del erudito Athanasius Kircher en la Nueva España. La admiración era mutua: “Admiraba yo tus múltiples estudios y la cultura de las bellas artes todas, en ti, originario del Nuevo Mundo; pero que en aquellas raras regiones de América, y para nosotros desconocidas partes que cobija el cielo, se hallase un varón amparado con tantos socorros de virtud y dotado de tantas prerrogativas de carismas de Dios, no me parecía posible de suceder…”[1] Esto solo tuvo sentido para Kircher cuando supo que los antepasados de Fabián eran genoveses, entonces le dedicó, ya confiado y pródigo en elogios, uno de sus libros. Imaginemos ahora el asombro que debió haber despertado sor Juana, pues encima de todo era mujer (razón más que contundente para restarle humanidad), y sin embargo fue la autora, nada menos, de un prodigio poético titulado Primero sueño que, a decir de Elías Trabulse, “es la gran última tentativa de captar el saber universal en un dilatado viaje del espíritu por los espacios celestes” y contiene “teorías que sin ser científicas han logrado convertirse en vastas ensoñaciones construidas con los inertes datos de las ciencias”.[2]

(…)

Los primeros reconocimientos de autoras mexicanas con obras así identificadas comienzan con Marcela del Río (Ciudad de México, 1932) quien, como Garro, escribió obras de teatro desafiantes, además de Cuentos arcaicos para el año 3000 (1972). Trujillo narra que del Río envió a Ray Bradbury una historia en la que la humanidad consigue ser inmortal: “La bomba L”. El autor respondió en una afectuosa carta: “usted me ha proporcionado abundante material que me ha hecho pensar. Su libro encierra el tipo de ideas de las que les gustaría posesionarse a cualquier escritor que se precie de serlo y desarrollarlas en sus propios términos, hasta la saturación.[4] Le deseo muy buena suerte al presentar su historia en México y América del Sur, donde parece haber un enorme y creciente interés por la ciencia ficción”. 4 La autora desarrolló entonces la novela Proceso a Faubritten (1976), procurando integrar en su propuesta literaria, como sor Juana, esas dos formas de conocer el mundo: “¿Por qué continuar separando sistemáticamente arte y ciencia, si ambas se refieren al ser humano y por ende tienen puntos comunes de visión? Fue bajo el influjo de esa idea que comencé a aplicar en mis trabajos las leyes del movimiento, de la física, a los conflictos humanos que aparecen retratados en los textos literarios y en las obras dramáticas”. Manú Dornbierer (Ciudad de México, 1932) es otra de las primeras autoras reconocidas con Después de Samarkanda (1977) y La grieta (1978), reunión de los cuentos que había publicado en diversos espacios.”

 

Texto completo, aquí: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/la-mano-izquierda-la-ciencia-ficcion-mexicana?fbclid=IwAR3fS4qK9mGW6E0ekXC2l0kEjsQkAbvoltvbf6li9sGLL2WC45f_FzJ1h_k#_ftn4

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