“Los diarios del cáncer” de Audre Lorde, selección de fragmentos de la “Introducción”

por Juan Pablo Anaya

“Introducción

No quiero que mi ira y dolor y miedo sobre el cáncer se fosilicen en otro silencio más, ni me roben la fortaleza que puede haber en el centro de esta experiencia, abiertamente reconocida y examinada. Para otras mujeres de cualquier edad, color e identidad sexual que reconocen que el silencio impuesto sobre cualquier área de nuestras vidas es una herramienta para la separación y la falta de poder, y para mí misma, he tratado de expresar algunos de mis sentimientos y pensamientos sobre el engaño de las prótesis, el dolor de la amputación, la función del cáncer en una economía de lucro, mi confrontación con la mortalidad, la fuerza del amor de las mujeres, y el poder y las recompensas de una vida consciente.

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No es mi intención juzgar a aquella mujer que ha elegido el camino de la prótesis, el silencio y la invisibilidad, la mujer que desea ser “la misma de antes”. Ha sobrevivido gracias a otro tipo de coraje, y no está sola. Cada una de nosotras lucha diariamente contra las presiones de la conformidad y la soledad de la diferencia, de las que esas elecciones parecen ofrecer una vía de escape. Sólo sé que esas elecciones no funcionan para mí, ni para otras mujeres que, no sin miedo, han sobrevivido al cáncer mediante el escrutinio de su significado dentro de nuestras vidas, intentando integrar esta crisis en fortalezas útiles para el cambio.

1 de marzo 1979

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debo cuidar mi cuerpo con por lo menos el mismo cuidado con el que atiendo la composta, particularmente ahora cuando parece ser superfluo (…) Me siento tan poco a la altura de lo que siempre había manejado antes, las abominaciones de afuera que hacen eco del dolor interno. Y sí soy totalmente autorreferenciada ahora porque es la única traducción en la que puedo confiar, y estoy segura de que recién cuando cada mujer rastree uno por uno los hilos sangrientos y autorreferenciales de su tapiz, comenzaremos a alterar el diseño entero.

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16 de abril 1979

La enormidad de nuestra tarea, dar vuelta el mundo. Siento como si estuviera dando vuelta mi vida, de adentro para afuera. Si puedo mirar directamente mi vida y mi muerte sin acobardarme, sé que nunca más me podrán hacer nada. Debo contentarme con ver cuán poco puedo hacer en realidad, y hacerlo con el corazón abierto.

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3 de octubre 1979

No me siento con ganas de ser fuerte, pero ¿tengo opción? Duele cuando incluso mis hermanas me miran en la calle con ojos fríos y silenciosos. Soy definida como otra en cualquier grupo del que formo parte. La de afuera, la extraña, a la vez fortaleza y debilidad. Y sin embargo, sin comunidad ciertamente no hay liberación, no hay futuro, sólo el armisticio más vulnerable y temporario entre yo y mi opresión.

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19 noviembre 1979

Quiero escribir furia pero todo lo que aparece es tristeza. Hemos estado tristes tanto tiempo como para hacer que esta tierra llore, o sea fértil. Soy un anacronismo, un deporte, como la abeja que no se suponía que volara. La ciencia lo dijo. Yo no debería existir. Llevo la muerte conmigo, en mi cuerpo, como una condenación. Pero vivo. La abeja vuela. Debe haber algún modo de integrar la muerte con la vida, ni ignorándola ni cediendo a ella.

1 enero 1980

Fe es el último día de Kwanza, y el nombre de la guerra contra la desesperación, la batalla que peleo diariamente. Soy cada vez mejor. Quiero escribir sobre esa batalla, las escaramuzas, las derrotas, las pequeñas y sin embargo tan importantes victorias que hacen la dulzura de mi vida.

20 enero 1980

La novela está terminada, por fin. Ha sido una soga de salvación. No necesito ganar para saber que mis sueños son válidos, sólo tengo que creer en un proceso del cual soy parte. Mi trabajo me ha mantenido viva este último año, mi trabajo y el amor de mujeres. Son inseparables uno de otro. En el reconocimiento de la existencia del amor está la respuesta a la desesperación. El trabajo es ese reconocimiento con voz y nombre.

18 febrero 1980

Hoy cumplo 46 años viviendo y estoy muy feliz de estar viva, muy contenta y muy feliz. El miedo y el dolor y la desesperación no desaparecen. Sólo van haciéndose cada vez menos importantes.

29 agosto 1980

He aprendido mucho en los dieciocho meses desde mi mastectomía. Mis visiones de un futuro que puedo crear han sido pulidas por las lecciones sobre mis limitaciones. Ahora quiero dar forma con honestidad y precisión al dolor fe trabajo y amor que este período de mi vida ha traducido en fortaleza para mí.

A veces el miedo me acecha como otro tumor maligno, restando energía y poder y atención a mi trabajo. Un resfrío resulta siniestro; una tos, cáncer de pulmón; un moretón, leucemia. Esos miedos son más poderosos cuando no se les da voz, e inmediatamente aparece la furia por no poder evitarlos. Estoy aprendiendo a vivir más allá del miedo viviendo a través de él, y en el proceso aprendo a convertir la furia contra mis propias limitaciones en una energía más creativa. Me doy cuenta de que si espero hasta no sentir más miedo para actuar, escribir, hablar, ser, voy a estar enviando mensajes con una tabla Ouija, quejas crípticas desde el otro lado. Cuando me atrevo a ser poderosa, a usar mi fuerza al servicio de mi visión, entonces es menos importante si tengo o no miedo.

Como mujeres, hemos sido criadas para temer. Si no puedo desterrar el miedo completamente, puedo aprender a contar menos con él. Porque entonces el miedo se convierte no en un tirano en la lucha contra el cual malgasto mi energía, sino un compañero, no particularmente deseable, pero sí uno cuyo conocimiento puede ser útil.

Escribo tanto acá sobre el miedo porque mientras daba forma a esta introducción a Los diarios del cáncer sentía al miedo pesándome sobre las manos como una barra de acero.

Cuando trataba de reexaminar los dieciocho meses que pasaron desde mi mastectomía, parte de lo que tocaba era desesperación fundida y oleadas de luto: por mi pecho perdido, por el tiempo, por el lujo del falso poder. No sólo era difícil y doloroso revivir estas emociones, sino que estaban entretejidas con el terror de que, si me abría de nuevo al escrutinio, a sentir el dolor de la pérdida, a la desesperación, a las victorias demasiado pequeñas a mis ojos como para celebrarlas, entonces también podía abrirme de nuevo a la enfermedad. Tuve que recordarme a mí misma que ya había vivido todo eso. Había conocido el dolor, y lo había sobrevivido. Sólo me quedaba darle voz, compartirlo para usarlo, para que el dolor no fuera malgastado.

Al vivir una vida consciente, bajo la presión del tiempo, trabajo con la consciencia de la muerte sobre mi hombro, no constantemente, pero lo suficientemente a menudo como para que deje una marca sobre todas las decisiones y las acciones de mi vida. Y no importa si esta muerte llega la semana próxima o dentro de treinta años; esta consciencia da otra amplitud a mi vida. Ayuda a formar las palabras que digo, las formas en que amo, mi política de acción, la fuerza de mi visión y de mi propósito, la profundidad de mi valoración de la vida.

Mentiría si no hablara también de la pérdida. Cualquier amputación es una realidad física y psíquica que debe ser integrada en un nuevo sentido del yo. La ausencia de mi pecho es una tristeza recurrente, pero ciertamente no es algo que domine mi vida. Lo extraño, a veces muy agudamente. Cuando otras mujeres de un solo pecho se esconden detrás de la máscara de la prótesis o la peligrosa fantasía de la reconstrucción, encuentro poco apoyo en el medio femenino más amplio para mi rechazo de lo que siento como una farsa cosmética. Pero creo que las prótesis socialmente aprobadas son sólo otra forma de mantener a las mujeres con cáncer de mama en silencio, y separadas unas de otras. Por ejemplo, ¿qué ocurriría si un ejército de mujeres con un solo pecho descendiera sobre el Congreso y demandara la prohibición del uso de hormonas carcinogénicas que se almacenan en los tejidos grasos?

Las lecciones de los últimos dieciocho meses han sido muchas: ¿cómo consigo los mejores nutrientes físicos y psíquicos para reparar daños pasados y minimizar daños futuros a mi cuerpo? ¿Cómo le doy voz a mis búsquedas, como para que otras mujeres tomen lo que necesiten de mis experiencias? ¿Cómo encajan mis experiencias con el cáncer en el tapiz más amplio de mi trabajo como mujer negra, y en el de la historia de todas las mujeres? Y sobre todo, ¿cómo lucho contra la desesperación nacida del miedo y la ira y la impotencia, que es mi mayor enemigo interno?

Descubrí que luchar contra la desesperación no significa cerrar los ojos ante la enormidad de las tareas necesarias para efectuar un cambio, ni ignorar la fuerza y la crueldad de las fuerzas alineadas en nuestra contra. Significa enseñar, sobrevivir y luchar con el recurso más importante que tengo: yo misma, y disfrutar esa lucha. Significa, para mí, reconocer al enemigo externo y al enemigo interno, y saber que mi trabajo es parte de un continuum de trabajo de mujeres, de recuperar esta tierra y nuestro poder, y saber que este trabajo no comenzó con mi nacimiento ni terminará con mi muerte. Y significa saber que dentro de este continuum, mi vida y mi amor y mi trabajo tienen un poder y un significado particulares para otras personas.

Significa pescar truchas en el Río Missisquoi al amanecer y saborear el verde silencio, y saber que también esta belleza es mía para siempre.”

Descargable aquí: https://bordarretazos.files.wordpress.com/2021/03/audre-lorde-diarios-del-cancer.pdf