Morir… pero de risa

por Juan Pablo Anaya

En el post de la semana pasada, la crónica acerca del fallecimiento de Charlie Parker buscaba subrayar el escenario de muerte del gran músico, los dos protagonistas relevantes de la escena: el televisor y un cuerpo maltrecho y, por último, “el motor inmóvil de” o “la primera causa en” la compleja serie de sucesos en ese organismo que desencadenarían su muerte: la risa. Una causa de muerte similar a la del músico (una estruendosa carcajada) era la única posible que podía imaginar el filósofo Gilles Deleuze para la filosofía.

“La filosofía tiene una función que sigue siendo plenamente actual, [señalaba Deleuze,] crear conceptos. Nadie puede hacerlo en su lugar. Ciertamente, la filosofía siempre ha tenido rivales, desde los “pretendientes” de Platón hasta el bufón de Zaratustra. Hoy, estos rivales son la informática, la comunicación, la promoción comercial que se ha apropiado de las palabras “concepto” y “creativo”, y estos “conceptores” constituyen una estirpe de desvergonzados que hacen del acto de vender el supremo pensamiento capitalista, el cogito mercantil. La filosofía se siente pequeña ante esos poderes pero, si muere, al menos será de risa” (Gilles Deleuze)

La comparación entre la muerte real del saxofonista y la muerte posible de la filosofía creo que es instructiva.

La carcajada de Parker es parte de una risa porque desencadena toda una serie de procesos en la physis del cuerpo pero que comienza en un quiensabedónde (posiblemente el terreno del sentido) que después se vuelve proceso químico y después movimiento. Para el que escribe este blog no es una risa de muerte a la manera de un desenlace, como la que podría llegar a sufrir la filosofía frente a la mercadotecnia, sino un camino. Como lo dijo alguien más, Charlie Parker nunca fue un perseguido, sino un perseguidor cuyos azares eran consecuencia del trabajo del cazador y no de los miedos de la bestia acosada. La muerte de Charlie Parker es ciertamente el deceso de otro tipo de pensadores no filósofos que poseen, además, la naturaleza de una mercancía.

Una alianza con este tipo de personajes nos podría abrir la posibilidad de una pregunta como la siguiente ¿es posible hacer de la eficacia del tráfico mercantil y de su simplificación en slogans, un comercio promiscuo en el flujo de las ideas desde el cual se podría volver a pensar? Así, quizá podamos morir de risa de vez en cuando, pero para ver con nuevos ojos el viejo problema. Ahora que el discurso de los pretendientes ha probado una irrefrenable eficacia, habría que trabajar para apropiarnos de sus estrategias. Y habrá que pensar después si es posible interiorizar el sarcasmo del bufón, para disolver los argumentos de autoridad naturalizados en un montón de necedades con nombre propio, a manera de dioses con fecha de nacimiento cuya existencia se puede comprobar en un archivo.

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