Sobre el ensayo

por Juan Pablo Anaya

La distinción entre una escritura objetiva y otra subjetiva se encuentra estrechamente relacionada con la crítica que realiza Montaigne, en el contexto renacentista, al tratado filosófico, utilizado por los teólogos cristianos y la filosofía escolástica como medio de dilucidación de su pensamiento. Según Montaigne, este tipo de escritura resulta pedante, solemne, dogmática y demasiado seria. La pedantería, según el autor de los Ensayos (1588) es consecuencia “(…) de la desacertada manera como nos consagramos a la ciencia y del modo como recibimos la instrucción (…) Los sacrificios y cuidados de nuestros padres no se dirigen sino a amueblarnos la cabeza de ciencia” (cap. XXIV). La escritura solemne y dogmática a la que se oponía Montaigne es consecuencia de un aprendizaje que sólo repite los argumentos de autoridad aprendidos. Frente a este mobiliario de información inerte, nuestro autor propone la metáfora del conocer como un proceso casi digestivo, de transformación o apropiación del saber. Tal como “(l)as abejas, dice, extraen el jugo de diversas flores y luego elaboran la miel, que es producto suyo, y no tomillo ni mejorana” (Ibidem, cap. XXV). Ahora bien, cuando el tratado filosófico o científico reclama una objetividad de la que carece el ensayo, lo hace principalmente argumentando el uso de un lenguaje especializado que ha sido discutido por una comunidad académica. Así, una de las características del ensayo sería la de digerir los conocimientos especializados para establecer, lo que Pascal denominó, una reiterada conversación con el lector. Esta charla sólo sería posible si deja a un lado la pedantería y se encuentra un lenguaje que sea cercano al mundo de nuestro interlocutor. No obstante, tanto la ciencia como la filosofía tienen el trabajo de inventar conceptos nuevos, ajenos a los lenguajes establecidos. De ahí la pregunta ¿cómo tendrían que ser nuestros “procesos digestivos” para que nos permitieran encontrar un lenguaje común con el lector sin perder los conceptos formulados por el trabajo teórico?

A pesar de que Montaigne en principio no tuvo seguidores, el género ensayo se consolidó posteriormente como medio de divulgación del conocimiento con la ilustración y más claramente en la llamada Modernidad que podríamos definir por varios hechos:

“…el ascenso del capitalismo y de la ideología burguesa que le es correlativa; la proliferación de regímenes democráticos que van sustituyendo a los monárquicos junto con sus esquemas feudales de concepción del mundo; la asunción y promoción de los ideales de la Revolución Francesa; la lenta pero firme secularización del pensamiento; la libertad de prensa…” (Valle, pág. 222).

Así, el ensayo aparece ligado a lo que podríamos denominar la constitución de una “opinión pública” la cual comienza a cristalizar en los periódicos y en las revistas, dentro de un contexto democrático donde, supuestamente, la opinión de los gobernados influye en el ejercicio de las autoridades. En este sentido, el ensayo tiene por característica el proferir una opinión y reclamar así en el lector una propia. Si el ensayo tiene que ser comprensible para el mundo del lector y a la par tiene un carácter de formador de opinión, se podría establecer un punto de sospecha acerca de la complicidad entre la consolidación del ensayo, (y su lenguaje ameno, sencillo e informal) con la masificación del conocimiento. Una de las consecuencia negativas de este gesto ilustrado de masificación del conocimiento sería el rechazo a los lenguajes especializados y la inquietante pregunta ¿es el ensayo una banalización de los discursos teóricos?

Por otro lado, la caracterización del ensayo como un género subjetivo esta alentada no sólo por el hecho de que Montaigne exprese constantemente sus opiniones personales, sino por la descripción que hay en su obra de su vida personal y de sus gustos. Esta información que podría considerarse una elección caprichosa en tanto tema de interés supone, en la obra de Montaigne, el constante ejercicio del examen en un sentido peculiar. Así, en los Ensayos los goces y afecciones cotidianos son un objeto de análisis, de la misma manera en que un médico tiene por objeto de estudio el cuerpo, lo disecciona,  distingue sus partes y establece entre ellas relaciones. Sólo así es comprensible el guiño con el que comienza el texto: “(…) lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí” (Montaigne, “El autor al lector”). Esta herencia propició el hecho de que el ensayo moderno tuviera como rasgo característico el ejercicio autobiográfico o la llamada “(…) descripción psicológica de sí mismo” (Highet: 302). Las meditaciones acerca de la propia biografía, además de tener un objetivo pedagógico a la manera de los tratados morales de ética como los de Séneca o Plutarco, a los que era tan afecto Montaigne, a mi juicio, sirven para acercar al lector. Un texto autobiográfico se escribe en primera persona, esta característica del ensayo reclama un diálogo entre la subjetividad que lee con el yo literario que escribe el texto. Un problema aparece en este punto, si el ensayo constituye la emergencia de la opinión libre de los individuos, no obstante, estos sólo pueden expresarse a partir de un lenguaje común. Aquí se plantea otra pregunta interesante ¿cómo se constituye ese yo literario que se deja entrever en un lenguaje que no es de su uso privado?

Según Montaigne, la escritura de sus Ensayos era similar al ejercicio del autorretrato. Con lo cual podríamos preguntarnos, ¿acaso cuando retratamos nuestra propia figura, no escogemos siempre una perspectiva particular y resaltamos ciertos rasgos frente a otros? Quizá podríamos afirmar que incluso es el capricho el que guía nuestra mano pero ¿la elección de un capricho es verdaderamente azarosa?

Roland Barthes definía una estrategia precisa para dar un significado a las elecciones caprichosas y conciliar la dicotomía que planteábamos entre una supuesta objetividad y una subjetividad irreconciliables:

“Quiero decir que no puedo plegarme a la creencia tradicional que postula un divorcio entre la naturaleza de la objetividad del sabio y la subjetividad del escritor, como si uno estuviera dotado de “libertad” y el otro de “vocación”, ambas adecuadas para escamotear o para sublimar los límites reales de su situación; reclamo vivir plenamente la contradicción de mi tiempo, que puede hacer de un sarcasmo la condición de la verdad”

El sarcasmo siempre requiere de la perspectiva del que observa y de la sabiduría necesaria o del análisis preciso que vuelve corrosivo cualquier comentario. Al igual que la ironía, el sarcasmo supone una postura de superioridad basada en el conocimiento y en la astucia para mostrar la fragilidad de una creencia. Tal como sucede en el texto Mitologías de Barthes, el sarcasmo echa mano del humor para señalar la falsedad y el verdadero suelo detrás de un suceso… Quizá sea posible otra encrucijada distinta a la de Barthes donde el humor logre entrecruzar una perspectiva subjetiva y un saber establecido, sin que haya un juicio que desde una supuesta superioridad señale simplemente la falsedad o ideología detrás de nuestras prácticas cotidianas. De esto trataré en la próxima entrega.

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