Magazo

por Juan Pablo Anaya

Un mago post Chen Kai, post Ari Sandi, post Copperfield. Aquel que decidió renunciar a su posición de agente activo que ejerce la magia sobre otros objetos, para volcarse sobre sí mismo. Su rutina se simplificó aquella tarde a un solo acto: mostrarse en el escenario, meterse en la cabina (donde, usualmente, la chica ataviada con un leotardo negro y brillos de lentejuela desaparecía) para desaparecerse a sí mismo y en el significado de su ausencia dejar un testimonio final de aquello que por tantos años había practicado. Convencido de su nuevo acto, nuestro mago decidió pedirle a la “edecán” que no se presentará a la función esa tarde. Ante el hiato temporal que se produjo en el recinto, un miembro del público tuvo el valor para ponerse en pie, subir al escenario, abrir la puerta del cubículo y así dar fin a ese espasmo contenido. Corroborado el hecho, lo que vino después, ya se podrá deducir, fue la indignación de algunos (o de muchos), la cual quizá sólo era la voz de un estupor compartido por aquellos presentes en la escena después de que el mago “no apareció” para continuar la función y los niños, inquietos, pedían una explicación a los adultos. “Pase de magia final”, así describía el encabezado de uno de los diarios nacionales lo sucedido (Reforma, 30 de abril del 2008). Y es que, como se narra en el mismo artículo, Juan José Ruiz Echanova el “Mago Freddy” fue contratado por la casa de la cultura Juventino Rosas en la Delegación Gustavo A. Madero para cerrar los festejos que se llevarían a cabo por el día del niño. Según informó la misma casa de la cultura, ni el escenario, ni los artilugios del susodicho mago han sido recogidos y nadie sabe su paradero.

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