El saber no sabiendo…
«El saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.»
(San Juan de la Cruz)
«El saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.»
(San Juan de la Cruz)
«Roland Barthes, en sus Notas de duelo (1977-1979), un compendio de fichas de anotaciones que fue haciendo a lo largo de los dos años subsecuentes a la muerte de su madre,[1] registra sus reflexiones sobre su duelo en curso. En ellas, subraya la importancia de no intentar suprimir la aflicción, basándose en la idea estúpida de que el tiempo la abolirá, sino en transformarla haciéndola pasar de un estado estacionario a un estado fluido.»
«es inevitable que quien hace el duelo muera: “quien sobrevive morirá irremediablemente al menos dos veces”, y se muere para que haya ceniza y para poder hacerla hablar.»
«El trabajo del duelo implica hacer un paréntesis de tiempo no-productivo, darse el tiempo para existir en una temporalidad paralela, para dejar acontecer al espectro. De esta forma de acontecimiento se desgarra el curso de la historia, y ello tiene implicaciones políticas. En Jaua, lo político no está en la enunciación sino en la entrega amorosa y en la comprensión de la muerte, en el ejercicio activo de des-aferrarse articulado en Idea de la ceniza. Lo que viene a la mente aquí es la teoría que Derrida desarrolla del cramponnement,[4] el instinto del aferramiento que construye la estructura tópica del ser humano. Aquí, dejar ir al ser amado es el archi-evento traumático de dé-cramponnement o desaferre, un juego productivo que da lugar a la apertura en nuestra existencia.»
«Dos abades del císter recuerdan que a Bernardo de Claraval no siempre le salían bien los milagros. Uno de ellos relata que cuando murió el hijo de un señor, Bernardo ordenó que pasaran el cuerpo a una habitación aparte. ‘Después de que salieron todos se acostó sobre el niño, hizo una oración piadosa y se levantó, pero el niño no, había muerto’. A lo que el otro dice: ‘Ningún monje podría tener tan mala suerte, porque nunca había escuchado de un niño que, viendo que un monje se acueste sobre él, no salga corriendo de inmediato.'»
«¿Quién es, quién fue este ermitaño, Albert Lopate, mi padre, abandonado en el fondo de un pabellón? Examino la pauta de sus ochenta y cinco años de existencia y me pregunto cuál es el corolario: ¿el fracaso, como él mismo afirma, o la vida de un trabajador respetable, en la que no hay nada de qué avergonzarse, como quiero creer yo? Pasamos la mayor parte de la edad adulta procurando asir el significado de la vida de nuestros padres, y la forma en que perfilemos la interrogante y le demos respuesta definirá, en gran medida, lo que somos.»
Blog de literatura de Martín Cristal. Diario de lectura y otros textos
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