La definición de una palabra no puede afirmar algo y negarlo al mismo tiempo. Si definimos A como ‘B y no B’ podemos estar seguros que tenemos un término imposible o una falsa definición. Sin embargo, las palabras baúl (portmanteau words) como cojifaje (cojer y fajar) conllevan precisamente estas contradicciones debido a que ‘fajar’ es claramente distinto que ‘cojer’. Estas palabras únicamente cobran sentido cuando asumimos que un lado de la palabra le da sentido al otro y viceversa sin que ninguno de los dos sea dominante: el sentido de una palabra como cojifaje es el de un ‘fajar’ que es casi ‘cojer’ pero también el de un ‘cojer’ que no deja de ser un simple ‘fajar’. El sentido de la palabra cojifaje proviene en este caso de una auto-afirmación que es la vez la afirmación de una contradicción. Cuando se dice que las palabras sin-sentido ‘dicen su propio sentido’ se implica que su sentido no puede ser determinado en otro lugar que en ellas mismas pues este sentido es en sí mismo contradictorio.
«Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.
Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívidos aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas.»
Una prueba de que el género literario llamado ciencia ficción apocalíptica comenzó en el periodo Cretácico:
«La teoría de la colisión de un asteroide con la Tierra es la explicación más ampliamente aceptada acerca de la extinción de los dinosaurios. Fue propuesta por el físico estadounidense Luis Walter Álvarez y su hijo, el geólogo Walter Álvarez a finales de los años 70. Según esta teoría, la gran extinción de finales del período Cretácico comenzó con la caída de un bólido en la Tierra. Esta clase de meteorito habría hecho impacto en la península de Yucatán, México hace aproximadamente 65.5 millones de años. Álvarez notó un aumento repentino de los niveles registrados de iridio (elemento abundante en cierta clase de meteoroides), a escala global en el estrato de rocas correspondientes al período Cretácico, sugiriendo la existencia de una catástrofe de proporciones mundiales. La mayor parte de las pruebas actuales parecen confirmar en efecto que un planetesimal de 10 kilómetros de diámetro impactó en los alrededores de la península de Yucatán, creando el cráter de Chicxulub de 170 kilómetros de diámetro y provocando una cadena de extinciones en masa. Los científicos no están todavía seguros de si las poblaciones de dinosaurios prosperaban o disminuían inmediatamente antes del acontecimiento del cataclismo, aunque algunos de ellos consideran que podrían haber existido dinosaurios aún a principios del Cenozoico (hace unos 65 millones de años).
Aunque la velocidad de la extinción no pueda ser deducida del registro fósil, varios científicos sugieren que el proceso fue sumamente rápido. El acuerdo general entre los que apoyan esta teoría consiste en que el impacto causó una debacle que se desarrolló de dos formas: directamente (por la energía disipada durante el impacto del meteorito) y también indirectamente (a través de un enfriamiento mundial de la temperatura ambiente, causada por la materia expulsada del cráter por el impacto, que reflejó la radiación termal del Sol hacia el espacio exterior).»
«Cada animal persigue un objetivo inalcanzable y así se mantiene en estado de feliz alerta. El novelista español Miguel Barroso me contó una elocuente parábola al respecto. Su padre era criador de galgos que solían animar las tardes persiguiendo una liebre artificial en el galgódromo. En una ocasión, uno de sus perros tomó la delantera hasta el momento en que hubo una falla de corriente; la liebre eléctrica se descompuso y el perro pudo darle alcance. Atrapar el juguete fue terrible. Durante años, el galgo había corrido en pos de un animal siempre postergado. No hay mayor estímulo que el del anhelo que se alimenta de sí mismo: la esquiva liebre era el horizonte que obligaba a correr. Al final del trayecto, el ganador cruzaba la meta vulgar de los apostadores sin alcanzar nunca la suya.
Cuando el galgo pudo al fin morder su presa sufrió una aguda decepción: su objeto del deseo estaba hecho de metal inapetente. Acto seguido, se deprimió, no quiso volver a correr, dejó de acercarse al plato de las croquetas y tuvo que ser sacrificado.
Este último recurso parece demasiado drástico; sin embargo, quienes saben del tema cuentan que pocas cosas son tan difíciles de sobrellevar como la melancolía de un galgo y que la muerte asistida representa un alivio para una especie que no conoce otra forma del suicidio que matarse de tedio.» (Juan Villoro, Reforma, 23 de Mayo del 2008)
Un mago post Chen Kai, post Ari Sandi, post Copperfield. Aquel que decidió renunciar a su posición de agente activo que ejerce la magia sobre otros objetos, para volcarse sobre sí mismo. Su rutina se simplificó aquella tarde a un solo acto: mostrarse en el escenario, meterse en la cabina (donde, usualmente, la chica ataviada con un leotardo negro y brillos de lentejuela desaparecía) para desaparecerse a sí mismo y en el significado de su ausencia dejar un testimonio final de aquello que por tantos años había practicado. Convencido de su nuevo acto, nuestro mago decidió pedirle a la “edecán” que no se presentará a la función esa tarde. Ante el hiato temporal que se produjo en el recinto, un miembro del público tuvo el valor para ponerse en pie, subir al escenario, abrir la puerta del cubículo y así dar fin a ese espasmo contenido. Corroborado el hecho, lo que vino después, ya se podrá deducir, fue la indignación de algunos (o de muchos), la cual quizá sólo era la voz de un estupor compartido por aquellos presentes en la escena después de que el mago “no apareció” para continuar la función y los niños, inquietos, pedían una explicación a los adultos. “Pase de magia final”, así describía el encabezado de uno de los diarios nacionales lo sucedido (Reforma, 30 de abril del 2008). Y es que, como se narra en el mismo artículo, Juan José Ruiz Echanova el “Mago Freddy” fue contratado por la casa de la cultura Juventino Rosas en la Delegación Gustavo A. Madero para cerrar los festejos que se llevarían a cabo por el día del niño. Según informó la misma casa de la cultura, ni el escenario, ni los artilugios del susodicho mago han sido recogidos y nadie sabe su paradero.
Songs and rhythms in their relationship with our personal memories end up populated with ghosts. Radiohead’s song “There, there” (2003), evokes the hypnotic cadence to which the Brazilian performer Gina Montes used to dance every Thursday night along with the opening theme of a late 1970’s Mexican comedy TV show.
The chorus of “There, there” insistently repeats the slogan that Immanuel Kant was trying to refute in his second edition of the Critique of Pure Reason: “just ‘cause you feel it, doesn’t mean it’s there”. Kant’s first edition of the Critique (1781) was received as the work of an idealist. The section named “The refutation of idealism”, in the second edition of this book (1787), tries to neglect that interpretation.
Gina Montes’ infinite looped dance steps transform her precisely into the specter that inhabits Radiohead’s chorus. Gina is now the ghost of idealism and if Kant is able to move away from this skepticism towards our sensibility, he needs to overcome Gina’s spell.
“Ahí Gina, ahí” (“There Gina, There”) 5:25, by Jeru KHR
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